Comentario del periodista Raúl Diaz de Arkaia en su Blog El mundo asiste complacido a la conmemoración de la Caída del Muro de Berlín. Mi siguiente reflexión gira en torno a la necesidad de que derribemos los muros que nos separanPero mis palabras también aspiran a derrumbar viejos mitos (cantinelas, letanías…) que no por viejos han perdido actualidad en la siempre guerrera progresía.
Las piedras derrumbadas del Muro de la Vergüenza representan para cualquier ciudadano de bien el colmo de la dignidad humana. Hermanos, padres, hijos, abuelos, nietos, primos, … vieron dividido su país en dos mitades aparentemente irreconciliables. Sin pretender entrar a fondo en el origen de los dos bloques que sirvieron de caldo de cultivo a la Guerra Fría, la división entre el Oeste y el Este era a todas luces injustificable.

La resolución en positivo de la división de Alemania en 1989 ha servido a tertulianos y opinadores para lanzar un canto a la destrucción de todos los muros. Al que sigue construyendo en Tierra Santa y al erigido a lo largo de la frontera entre los Estados Unidos y México, sin olvidar las alambradas que dividen de modo absolutamente artificial a las dos Coreas o las rejas que en algunas ciudades de Brasil separan a ricos de pobres.

La polémica surge en el momento en que a algunos se les ocurre identificar muro con frontera. Es entonces cuando activan su maquinaria inquisitorial para elevar su más absoluta condena a las fronteras que algunos, dicen, quieren imponer a los demás.

Los ciudadanos que vivimos en la Unión Europea nos hemos acostumbrado a circular por las carreteras del Viejo Continente sin que en ningún momento percibamos la idea de frontera. Y, sin embargo, las fronteras están ahí, en la cartografía de atlas, mapas de escuela y guías de carreteras. Porque la razón de ser de una frontera no es otra que delimitar el ámbito de influencia y actuación de un gobierno establecido. Es decir, todo lo que de ahí exceda no tiene nada que ver con la delimitación de un Estado. Tendrá que ver, en todo caso, con la xenofobia, la intolerancia en su sentido más amplio, el totalitarismo, la guerra.

Resulta bastante penoso que algunos dirigentes políticos, así como opinadores o tertulianos, inviertan tantas energías en tildar de intolerantes o xenófobos a algunos pueblos-nación que como el escocés, el bretón o el navarro luchan por su soberanía. Para cualquiera de los citados países, rediseñar una frontera (o crearla exprofeso) no es sino un paso más para autogestionar su futuro como nuevo estado. No implica, por ello, ni odios raciales ni desconfianzas hacia sus estados vecinos.

La llamada a ser “ciudadano del mundo” es el grito del apátrida anarquista que no conoce más fronteras que las que él mismo se impone; o bien el grito del imperialista que no tolera más fronteras que las de su propio estado, diseñadas para mantener atados a los pueblos-nación que un día conquistó.

Sí, el mismo imperialista cuya argumentación flaquea en el momento que se le sugiere que borre del mapa -nunca mejor dicho- la frontera que le separa del Estado vecino. Sí, el mismo imperialista que canta loas a la Europa de los Pueblos y no conoce otro pueblo que el de su propio Estado.

Si, a pesar de todo, a los gestores de los Estados europeos les quedan ganas de derribar -además de muros- fronteras, les sugiero que tumben las paredes de sus casas y se asocien en alegre comuna con sus vecinos de bloque, vecindad o distrito. Eh, oyes, a mi la propiedad privada, ni me la toques, ¿ein? Ah, claro, acabáramos. De eso se trata. Propiedad privada casa con Soberanía y Derecho de Autodeterminación. Propiedad comunal casa con Internacionalismo Apátrida.