Red Solidaria de Vitoria-Gasteiz
Artículo de opinión de Agustín Unzurrunzaga. En el año 2007, después de ganar las elecciones presidenciales, el presidente Sarkozy puso en marcha un Ministerio de la Identidad, la Inmigración y la Cooperación, cuyo primer titular fue Brice Hortefeux, que actualmente es ministro del interior.
Ya entonces la constitución de ese extraño ministerio, de connotaciones abiertamente orwellianas, fue objeto de importantes discusiones en Francia. Se le criticaba, creo que con mucha razón, por contribuir a una confusión de roles y funciones, por reforzar los prejuicios negativos hacia la inmigración y por reforzar de facto la idea de que la inmigración es un problema.
Dos años más tarde, su actual titular, Eric Besson, antiguo militante socialista pasado a las filas de la derecha, con el beneplácito y el visto bueno del presidente Sarkozy, ha puesto en marcha el pasado 2 de noviembre un gran debate nacional sobre la identidad francesa.
¿Por qué se pone en marcha este debate ahora? En una reciente encuesta publicada por el periódico parisino Le Journal du Dimanche, el 72% de los encuestados cree que es una estrategia para ganar las elecciones regionales que se celebrarán en marzo del año que viene. Ya en el año 2007, en plena campaña por las presidenciales, decía el candidato Nicolás Sarkozi que : Si no tuviéramos la identidad nacional, estaríamos por detrás de Segolene…Si estoy en el 30%, es porque tenemos a los votantes de Le Pen. (1)
En otra encuesta publicada el 24 de noviembre en el periódico La Croix, el 68% de los encuestados dice que se siente francés entre otras pertenencias, tales como la ciudad, el barrio o la región y, cuando se les pide que den una sola respuesta, sólo 38% dicen sentirse ante todo franceses, el 21% de la ciudad en la que viven, el 14% del barrio, el 11% ciudadanos del mundo, el 6% europeos, el 6% de la región y el 4% del Departamento. Preguntados sobre lo consideran son los elementos constitutivos de la identidad francesa, el 96% pone en primer plano los derechos humanos, el 95% la lengua, el 94% el sistema de protección social, el 92% la cultura y el patrimonio, el 81% la capacidad de integración de diversas culturas y etnias, el 80% la laicidad y el 41% la herencia cristiana.
De los escuetos datos que he apuntado se desprenden varias cuestiones. La primera, que para la mayoría de los franceses este debate, impulsado por Eric Besson con el visto bueno del presidente Sarkozy y una parte de la UMP, en buena medida está trucado, es oportunista, utiliza grandes palabras y entra a abordar aparentemente grandes temas con el objetivo de colocarse mejor ante la próxima confrontación electoral y pescar votos en el caladero de la extrema derecha, en el electorado del Frente Nacional. No se rechaza de plano el debate, pero se le considera falto de nobleza, que busca un objetivo diferente al de las grandes palabras que utiliza. Por otro lado, que los franceses y las francesas muestran lo que es una evidencia en cualquier personalidad moderna: que tienen múltiples pertenencias, y que lo que conforma su identidad es el bricolaje que hacen con ellas. Y, en tercer lugar, que los marcadores identitarios, los diacríticos, son de muy diverso tipo, donde se mezclan cuestiones de índole social (el sistema de protección social) comunes como mínimo a todos los países de la Unión Europea, con valores y aspiraciones de carácter universal o universalizable (los derechos humanos, la laicidad) y con otras más estrictamente nacionales que, curiosamente, no se colocan en el punto más alto de la jerarquía (la lengua, la cultura y el patrimonio).
Metido en la txanpa del debate, el presidente Sarkozy está volviendo a intentar hacer algo que en estos dos últimos años, y sobre todo al principio de su legislatura, le ha dado un cierto buen resultado: la utilización de personas de izquierda y de lugares con una gran fuerza simbólica para, desnaturalizando lo que decían y representaban, llevar el agua al molino de sus propuestas.
Primero ha sido manifestar que le gustaría que los restos del escritor Albert Camus, autor de obras tan conocidas con El extranjero, La peste, El hombre rebelde, El mito de Sísifo, Calígula, El primer hombre y un largo etcétera, premio Nóbel de literatura en 1957, resistente, editorialista del periódico Combat, reposasen en el Panteón. No sé si los restos mortales de Camus serán o no trasladados al Panteón, pero la respuesta dada a Sarkozy por el filósofo Michel Onfray, publicada en Le Monde el 24 de noviembre (2), me parece francamente buena y acertada. Michel Onfray empieza su carta con el inicio del verso de Boris Vian, el desertor, un canto al antimilitarismo y al pacifismo: Monsieur le President, je vous fais une lettre, que vous lirez peut-étre, si vous avez le temps, y le recuerda a Sarkozy que Albert Camus fue efectivamente un gran hombre en su vida y en su obra, pero que todo por lo que el combatió nada tiene que ver con lo que Sarkozy dice, hace y representa.
Poco después, el 12 de noviembre, en La Chapelle-en-Vercors, uno de los lugares de mayor peso simbólico de la resistencia contra la ocupación nazi de Francia, en el discurso que pronunció, intentó apropiarse de la figura de otro resistente, el historiador Marc Bloch, fusilado por los nazis el 16 de junio de 1944 en Saint-Didier-de-Formans. En una preciosa carta publicada por su nieta Suzette Bloch y el historiador Nicolas Offenstadt en el periódico Le Monde el 28 de noviembre (3), se oponen vivamente a esa utilización: yo rechazo que mi abuelo sea utilizado para celebrar la patria según Nicolas Sarkozy, que juega con el miedo al “otro”, al “extranjero”, al “inmigrante”, siempre llamados a justificarse, marginalizados por un debate centrado sobre la “identidad nacional”, perseguidos cuando sus papeles no están “en regla”, obligados a esconderse, a esconder a sus hijos o a trabajar en siniestras condiciones de trabajo, en negro ¿Cuales son esas renuncias que amenazan la patria? Toda esta fraseología nada tiene que ver con Marc Bloch, que se batió en un contexto completamente diferente contra los verdaderos enemigos de la libertad.
En ese mismo acto Sarkozy habló de otro de sus temas preferidos, el amor a la patria, del amor que él profesa a Francia. El problema es que si miramos sus declaraciones de amor a Francia con un poco de atención, vemos que tienen una gran carga de exclusión y de violencia, dos cuestiones que, como nos dice Zigmunt Bauman, suelen estar muy presentes en las discusiones sobre la identidad nacional, en su tono siempre agónico, que necesita vigilancia continua, un esfuerzo gigantesco y la aplicación de mucha fuerza para asegurarse de que se escucha y obedece (4). En efecto, en abril de 2006, en un discurso sobre la inmigración, Sarkozy decía que si hay a quienes les fastidia estar en Francia, que no se preocupen más y se marchen de un país al que no aman. El problema es que esa misma idea, prácticamente en los mismos términos, ya había sido utilizada por los representantes de la extrema derecha francesa Philippe de Villiers y Jean Marie Le Pen. “Francia, la amas o te marchas”, “Francia, ámala o marchate” Ese tipo de frases y de eslóganes, como dice Jean-Marc Dupeux, capellán general de prisiones por la Iglesia Reformada de Francia, son programáticas, comparables a las que el recogía en la cárcel de condenados por agredir a su pareja: “O me quiere, o la arrojo de mi lado”, “O me quiere, o la obligo a quererme”. Por ello el pastor Dupeux dice que es necesario prestar atención a esta violencia sorda, que está en las palabras y que se difunde así, sin que nos demos cuenta y ante la cual tenemos problemas para reaccionar (5)
El amor, aunque sea un tema una y otra vez evocado por Sarkozy, no tiene nada que ver con la ciudadanía, que no se define por los sentimientos. Hay muchas personas que aman tal o cual país sin ser ciudadanos de él, que aman tal o cual lengua sin que haya sido su primera lengua. Amin Maalouf suele hablar de lenguas del corazón, de esas lenguas por las que se siente un especial afecto debido a factores muy diversos de la historia personal de cada cual.
Acaba de morir Claude Levi-Strauss. Para el gran antropólogo francés, las discusiones sobre la identidad nacional impulsadas por los gobiernos han tenido históricamente un claro contenido de confrontación, de la confrontación que el vivió entre Francia y Alemania durante la primera mitad del siglo XX. Ese advertencia contra la confrontación también está presente en las palabras del sociólogo de origen polaco Zigmunt Bauman: las batallas de identidad no pueden cumplir su función de identificación sin dividir tanto o más de lo que unen. Sus intenciones globales se entremezclan con (o más bien se complementan con) intenciones de segregar, eximir y excluir (6).
Toda identidad nacional es cambiante, está en constante evolución. Esto es válido para Francia, para Alemania, para Quebec, para Euskadi o para cualquier parte del mundo. Y cambian desde dentro y por los contactos que tienen con sus vecinos y con el resto del mundo. Solo las naciones muertas tienen una identidad inmutable, y por eso es inmutable, porque están muertas. Y lo mismo pasa con las personas. Y los diacríticos, los marcadores identitarios son también cambiantes y se construyen en contraste. Como dice Ignasi Alvarez, una identidad colectiva define quiénes conforman una colectividad y, al mismo tiempo, quienes son los ajenos a ella: define un nosotros frente a los otros (7). Y esa necesidad de marcar el terreno se suele convertir para algunos en más acuciante cuanto mayor es la mezcla y los contactos, cosas ambas que en el mundo moderno resultan inevitables Como señala Danilo Martuccelli: La pertinencia de la idea de Barth es la de haber señalado que las identidades, en razón de su plasticidad radical, no existen más que en la medida en que logran establecer, alrededor de ellas, por su práctica, una zona de seguridad bajo la forma de incompatibilidades simbólicas. Y muy evidentemente, cuanto más fuerte aparece la mezcla cultural y la comunicación, más rígidas pueden, dado el caso, llegar a ser las estrategias de cierre identitarias, a fin de hacer olvidar su carácter contingente. No obstante ¿hay que recordar verdaderamente que los elementos más “naturales” de una identidad cultural no son a menudo más que préstamos históricos? ¿Hay que recordar también hasta qué punto las identidades sociales mismas, unidas a estatus profesionales, son el resultado de estrategias colectivas cuya salida es variable según los contextos nacionales? (8)
Hablando de las identidades colectivas, Todorov propone diferenciar al menos entre pertenencia cultural, identidad cívica y adhesión a un ideal político (9). Y considera que el Ministerio francés de la Identidad Nacional ilustra los efectos de confundir esos tres planos. Así, de un Ministerio confuso en sus fundamentos y en su práctica, sale un debate que es reflejo de su consustancial confusión.
Resumo, para terminar, lo que Todorov plantea de esa confusión de planos:
• No existe una cultura francesa única y homogénea, sino un conjunto de tradiciones diversas, incluso contradictorias, en estado de transformación permanente, cuya jerarquía varía y seguirá haciéndolo.
• No hay valores franceses, sino valores morales y políticos, potencialmente universales y en cualquier caso adoptados oficialmente por todos los países de la Unión Europea.
• Por el contrario, si existe una identidad cívica francesa, que depende de las leyes en vigor en ese país y de la que es responsable el Parlamento y el gobierno. Podemos exigir a un recién llegado al país que respete las leyes y el contrato social que une a todos los ciudadanos, pero no que lo ame. Los deberes públicos y los sentimientos personales, los valores y las tradiciones no se sitúan en el mismo plano. Solo los estados totalitarios hacen obligatorio el amor a la patria. (10)
No sé lo que dará de si esta debate impulsado por el gobierno francés, más allá de su alcance electoral, de seguir recogiendo por parte de la UMP votos de la extrema derecha. Partiendo de donde parte, creo que no va a servir para aclarar nada sustancial, pues, de hacerlo, tendrían que empezar por disolver el Ministerio de la Identidad Nacional, la Inmigración y el Codesarrollo.
Y espero que aquí nadie tenga la intención de desarrollar un debate parecido, aunque a algún dirigente político, si nos atenemos a lo expresado en algunas declaraciones públicas, parece que le tienta la idea.
(1) Citado por Tzventan Todorov en El miedo a los bárbaros
(2) Monsieur le Président, devenez camusien. Michel Onfray. Le Monde 24-11-2009
(3) Laissez Marc Bloch tranquile, M.Sarkozy. Suzette Bloch y Nicolas Offenstadt. Le Monde 28-11-2009
(4) Identidad. Conversaciones con Benedetto Vecchi. Zigmunt Bauman
(5) Citado por Jacques Dejean. Liberation, 28-11-2009
(6) Identidad. Conversaciones con Benedetto Vecchi. Zigmunt Bauman
(7) Conflicto nacional y diversidad cultural. Ignasi Alvarez
(8) Gramáticas del individuo. Danilo Martuccelli
(9) El miedo a los bárbaros. Tzventan Todorov
(10) El miedo a los bárbaros. Tzventan Todorov
Somos un conjunto de personas y colectivos, que vivimos en Vitoria-Gasteiz, y nos organizamos para actuar contra los efectos de la llamada Directiva Comunitaria de Retorno, popularmente conocida como "directiva de la verguenza".
Añade un comentario