Número de vistas :236

periodismoindomito Leyendo hace unas semanas la prensa me topé con una noticia que me sorprendió, el Instituto Nacional de Estadística (INE) publicaba el Avance del Padrón Municipal y el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjeros (PERE) de 1 de enero de 2010 y,  cosa extraña, no solo se redujo drásticamente en 2009 el número de personas que llegaron a España (60.269 frente a las 329.929 del año anterior), sino que además cinco colonias disminuyeron su presencia: Ecuador (-26.357), Colombia (-7.378), Bolivia (-20.079), Argentina (-11.713) y Brasil (-9.634).

Entonces, ¿no se trataba de una invasión? Porque al menos eso parecía cuando uno se acercaba a los titulares. Como muestra un botón: “Primera avalancha masiva de inmigrantes en frontera con Marruecos desde 2006″ (EFE), “Una marea de pateras deja 119 inmigrantes en las costas de Almería” (El diario de León, 2009), “La valla de Melilla sufre la avalancha más numerosa y violenta” (Cadena Ser, 2005) o “La avalancha de inmigrantes en Canarias sigue con la llegada de nuevas barcazas” (El País, 2006).

El caso es que leyendo y escuchando en todos los medios expresiones como ola, alud, marea, avalancha, invasión, ilegales, desembarco, choque de culturas… que conllevan asociar los movimientos de seres humanos no sólo a una afluencia excesiva sino casi a un fenómeno natural catastrófico es normal que a más de uno se le pusiera la piel de gallina.

Pero para colmo, resulta que el año pasado no solo bajó drásticamente el número de personas que venían a nuestro país, sino que además fue mayor el número de españoles que decidieron residir en el extranjero. ¿Buscando conquistar nuevas tierras? Me temo que más bien persiguiendo encontrar trabajo donde lo haya. Este nuevo fenómeno –en realidad no tanto, porque salvo la última década España siempre ha sido un país de emigrantes- nos debería hacer reflexionar.

Quizá lo lógico sería empezar a mirar a nuestros conciudadanos extranjeros de otra manera. Ahora compartimos más cosas con ellos, en realidad las hemos compartido siempre; parece que todos necesitamos trabajar para mantener a nuestras familias y a nosotros mismos y con ese fin iremos donde haga falta. Sin embargo, desde las administraciones nacionales y europeas el mensaje de los líderes es otro, se deshumaniza la Directiva Europea de Retorno, se endurecen las leyes de extranjería y, como refleja el informe Raxen 2009 de Movimiento contra la Intolerancia, “pasan a un segundo plano la aplicación de las Directivas de Igualdad de Trato, la declaración del Derecho Penal contra el racismo y las políticas de integración y defensa de inmigrantes y minorías”.

Y como sucedió en las calles de Murcia el día en que tantos salieron a la calle a apoyar al juez Garzón, se permite que campen a sus anchas partidos de tinte xenófobo, mientras que no existe un registro oficial sobre los incidentes relacionados con el racismo. Según este informe hay unas 4.000 agresiones de estas características al año, existen en España más de 200 webs con este contenido, decenas de conciertos de música neofascista, hay más de 10.000 ultras y neonazis y más de 80 personas han muerto desde 1991 “víctimas del odio”.

La Región no escapa de esta tendencia, Murcia, Cartagena, Águilas, Jumilla, La Raya, Cieza, San Javier, Lorca, Yecla y Alquerías están, según este documento, entre los más de 200 municipios españoles en los que se han dado incidentes de racismo, intolerancia o actividad de grupos que promueven el odio. Sin embargo, tristemente, empezamos a ver cómo la xenofobia se filtra poco a poco en los eslóganes políticos. ¿Qué esconden si no la polémicas mediáticas en torno al empadronamiento y el uso del velo en los colegios religiosos financiados por el Estado?

Visto lo anterior, ¿quién debería tener miedo de quién? Quizá la diferencia fundamental entre personas no sea el país de procedencia, como interesadamente parece que nos quieren hacer ver, sino la que existe entre poderosos y ciudadanos de a pie. Esa línea divisoria entre clases sociales sigue existiendo aunque no esté de moda hablar de ella. Y aquí viene lo que por tantas veces repetido no pierde un ápice de su valor: ¿no son esos ciudadanos de a pie, procedan de donde procedan, los que están pagando una crisis generada por el sector financiero y las grandes corporaciones? Serán los trabajadores los que, independientemente de su nacionalidad, sufran las consecuencias del más que probable abaratamiento del despido.

¿No será que la xenofobia ha entrado en el discurso político para desviar miradas? Estamos unidos frente a la “invasión inmigrante”, parece que nos indican algunos poderosos, sin embargo “quiero libertad para poder despedirte libremente y me gustaría que cargaras con las pérdidas del sistema mientras yo me quedo con mis beneficios”… “faltaría más”. Según la revista Forbes, el año comenzó con 1.011 personas que acumulaban más de 1.000 millones de dólares. Esto supone 218 grandes multimillonarios más que en 2009. Además, la fortuna media en este selecto club es de 3.500 millones, 500 más que en 2009. Así que parece que a algunos la crisis no les viene tan mal.

La irresponsabilidad de las grandes multinacionales nos afecta a todos, pero más a los que menos tienen. Solo hay que husmear un poco entre los informes de Amnistía Internacional para darse cuenta. A veces disponer de recursos naturales en abundancia puede ser una desgracia. Es lo que sucede en el delta del Níger, donde los yacimientos de petróleo, en lugar de beneficiar a la población local, han sumido a muchas personas, aún más, en la pobreza. El deterioro de las condiciones ambientales, del agua potable, de las pesquerías y de la salud de la población hizo que en mayo de 1998 jóvenes de etnia llaje ocuparan una de las plataformas petrolíferas exigiendo indemnizaciones y medidas. Según esta organización internacional la respuesta de la empresa fue solicitar ayuda a las fuerzas de seguridad, quienes mataron a dos manifestantes e hirieron a varios más. Una vez más, ¿quién debe sentir miedo?

Como en tantas otras situaciones similares, y los ejemplos son muy abundantes en todos los continentes, la única salida que debió quedarle a la población local fue buscar un futuro más digno en otro lugar. Lo mismo que hacen ahora los miles de españoles que buscan trabajo fuera de nuestras fronteras ahora que las grandes empresas han decidido “socializar las pérdidas”.

Los desplazamientos humanos suelen tener una causa, más bien nos indican algo; en muchas ocasiones una tragedia en la que los intereses económicos occidentales no juegan un papel inocente. Pensar que las migraciones son el problema es mirar al dedo y no a la Luna.

Carlos Egio

Licenciado en Ciencias Ambientales y periodista. Miembro del Foro Ciudadano.